46. De convulsiones, madres y nada

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Te vi en el parque esta mañana paseando al perro. Había una señora haciendo lo propio con su perro C. Llevaba guantes y mascarilla.

De repente, C empezó a convulsionar. Estaba en el suelo, lleno de miedo, espuma en el hocico. Ella comenzó a llorar. Le había pasado sólo una vez, hace ya muchos años. Restos de un vómito de hierba a su lado.

Te acercaste corriendo. «¿Qué se puede hacer?». Ella, «Nada, tan sólo esperar».

Tú querías abrazar a C, darle besos y decirle que no pasaba nada. ¡Pero no podías (Covid mediante)!

Pediste un milagro en tu mente.

C se levanta. Tambaleante. Se va estabilizando. Y poco a poco se va recuperando. Ella ríe todavía con lágrimas en los ojos.

Otro hombre con un perro pasa en ese momento. «Es normal. ¡Cuando comen hierba les puede suceder eso! Ya mismo se le pasa». Y se va.

¿Qué ocurrió aquí? ¡No sé!

Sólo sé que quisiste ser como una madre. Elegiste ayudar sin tener miedo, sin lágrimas. Simplemente ayudar sin dar realidad a lo estaba pasando. Hacerte cargo de las causas sin prestar atención al ruido y a la furia.

Ver las formas NO nos ayuda a entender lo que ocurre en el mundo de la forma. Hay una corriente de significado detrás, invisible, todo un mundo de pensamientos y decisiones que florecen en el mundo, como surgiendo de la «nada».

Esa «nada» es más real que esto que tengo delante de mis narices.

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